Golpe de Estado y la marcha del 5 de mayo

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Juan Bustillos

Hablar de golpes de Estado antes de cumplirse el primer semestre del sexenio parece y es algo peor que una exageración, pero el tema ya está por escrito, listo para ser analizado por quien le venga en gana y no tenga nada más en qué ocuparse.

Lo inició Federico Arreola, el periodista regiomontano que demostró a sus colegas de la capital de la República que las redes sociales son no sólo la manera eficaz de llegar a más lectores en tiempo real, sino que también pueden ser el negocio alternativo a la prensa escrita, inexorablemente en vías de extinción, a la corta o a la larga, más bien a la muy corta.

Los méritos que realmente me interesan de Federico van más allá: Su reconocida capacidad de análisis, como lo he reconocido aquí en más de una ocasión.

Regreso a Federico porque en su SDPNoticias se refiere a la “Marcha del Silencio”, convocada por #UnamosMéxico para el 5 de mayo próximo, como una manifestación de que “la derecha se organiza para pelear contra Andrés Manuel López Obrador”.

El análisis de Federico es inquietante: “Todavía no se llega a intentar algo parecido a un golpe de Estado, pero no hay que descartarlo. El lenguaje que utilizan los delata”.

Y por el lenguaje que utilizan los de derecha que quieren pelea con el Presidente, Federico considera que “es necesario exhibirlos para que se lo piensen dos veces antes de pasar a acciones más agresivas que las simples marchas. Exhibirlos, sí, pacífica y democráticamente, desde luego. Que se sepa quiénes son; que comprendan lo elemental: Se vale ser oposición, pero sin expresiones ni actitudes golpistas. Eso no”.

Y, para rematar, el gran periodista vaticina que “si son muchos (los golpistas), son todavía más los que se movilizarían para impedirles atentar contra la democracia”, razón por la cual “no vale la pena, ni siquiera, empezar a andar el camino de la confrontación”.

Con respeto, como diría Andrés Manuel, no veo actitudes golpistas en la convocatoria a la marcha que, imagino, está destinada al ridículo, como las dos anteriores motivadas por la cancelación de la construcción del NAIM.

Sin embargo, la movilización se trata del ejercicio de un derecho, incluido el lenguaje, como reconoce el propio Andrés Manuel: “…la defensa del progreso, la libertad, la legalidad y el Estado de derecho: No al mal gobierno. ¿Eres víctima de la inseguridad? ¿Te quedaste sin empleo, sin medicinas, sin guarderías?”, entonces, “nos vemos en el Ángel de la Independencia…”.

No hay golpismo en este texto; al menos no lo veo.

Por si faltara, debemos reconocer, con pena, que somos un pueblo pusilánime.

Salvo algunas excepciones, la mayoría de los editores de los medios de comunicación llamados “grandes” se convirtieron, por decisión propia, no por invitación ni cortejo, en consejeros de AMLO no obstante haber luchado, durante sexenios, al lado de la mafia del poder para entorpecer su arribo en sus dos intentos anteriores a ser Presidente.

Los grandes empresarios están en la misma sintonía, a la espera de los grandes contratos. A nadie engañan; es su naturaleza. Lo suyo es hacer dinero y está claro que con la izquierda lo multiplican.

Con excepción de algunos que llegaron al Congreso e intentan frenar algunas iniciativas disparatadas del oficialismo, los políticos emblemáticos de las fuerzas derrotadas permanecen en el bajo perfil, esperando que López Obrador y Morena se derroten a sí mismos, descienda su popularidad y que esto les permita, sin mayor esfuerzo y sin arriesgar el pellejo, estar, en la segunda mitad del sexenio, en la Cámara de Diputados con una mayor cantidad de legisladores de los que hoy tienen el PRI y el PAN.

Quizás las mayores muestras de pusilanimidad las dimos con el desabasto de gasolina y la muerte de 137 personas en Hidalgo, a causa del huachicol.

Parece lugar común, pero si ambos episodios hubiesen ocurrido en el gobierno de Enrique Peña Nieto lo habríamos crucificado. En cambio, con López Obrador todo se redujo a críticas de sobremesa.

Nadie se atrevió a bloquear las avenidas vitales de la Ciudad de México con sus vehículos sin combustible, y aún hoy no se escucha una voz discordante sobre el cementerio de Tlahuelilpan.

El país de las grandes movilizaciones ya no existe.

En efecto, la de 2004, en protesta por la ola incontrolable de secuestros, superó el millón de personas, pero tuvo el apoyo de empresarios y de los medios electrónicos de comunicación; después, con motivo del desafuero, López Obrador organizó una a su favor, mucho menos multitudinaria, pero que contó con el aparato de la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México; de lo contrario, la concentración habría sido infinitamente inferior.

Las grandes movilizaciones espontáneas dejaron de ser cuando don Salvador Abascal se sintió traicionado por el Episcopado Mexicano y se dedicó a la labor editorial. Nadie como él para movilizar a la gente con su Unión Nacional Sinarquista. La gente lo seguía por miles con su doctrina anti Revolución Mexicana.

López Obrador, durante algún tiempo, se dedicó a invadir la Ciudad de México con sus huestes tabasqueñas, pero fue en beneficio del entonces regente Manuel Camacho, que necesitaba convencer a Carlos Salinas de sus dotes de negociador y que para ello pagaba y pagaba bien. Aquellas movilizaciones corrían a cuenta del gobierno del Distrito Federal.

No tengo duda de que el 5 de mayo, muchos mexicanos acudirán al llamado de los organizadores de la marcha, pero al día siguiente, en la conferencia de prensa mañanera, de López Obrador, sólo obtendrán conmiseración, risa y un alud de adjetivos. Incluso, es probable que el Presidente prescinda de los usuales (fifís, pirrurris, neoliberales, porfiristas, conservadores) y acuñe uno nuevo. Tal vez golpistas.

Nunca sabremos si la manifestación fue espontánea, lo menos probable, o quizás ideada desde la altura de la nueva mafia del poder, precisamente, para ridiculizar a los protestantes por su bajo número, algo no tan improbable.

Como sea, no hay razón para suponer golpismo en la convocatoria de una marcha que ni cosquillas hará a la Cuarta Transformación, mucho menos para calcular que los que siguen al Presidente podrían movilizarse para evitar que los menos atenten contra la democracia.

Si esto llegara a ocurrir el 5 de mayo nos podemos ahorrar el espectáculo de ver a los zacapoaxtlas peleando con los soldados franceses, pues la batalla, en las calles, de los conservadores que supuestamente planean un golpe de Estado contra los liberales, dispuestos a morir para evitarlo, sería más interesante y marcaría al sexenio.

En Impacto.mx

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